Cuentos de navidad

Ya son varios los años que participo en el especial de Navidad que publica el Diario Ideal de Granada con varios cuentos que continuación os muestro, con mi nombre o seudónimo.

Su mejor regalo de navidad

Como todas las mañanas en el recreo, jugaba con mis amigos Carlos y Alberto.

Mi colegio, fue en su día el pabellón de tuberculosos del Hospital de San Lázaro en Granada, el que hoy está en la Caleta, y yo lo sabía bien pues aun teniendo solo 7 años, tanto mis profesores como mis padres ya me habían contado cosas de estas… Mi padre incluso me contó que entró de niño cuando este estaba abandonado… que cosas.

Como éramos de los pequeños en el recreo, el campo de fútbol no era nunca para nosotros sino para los mayores. Ese lunes de invierno como otras veces, jugábamos al reloj reloj y yo hacía círculos con el brazo mientras gritaba: ¡reloj reloj, la una y las dos!

En uno de esos movimientos circulares, percibí que uno de los viejos ladrillos de la fachada se encontraba algo suelto. Esto nos llamó mucho la atención a los tres, y a partir de ese momento, nuestra misión en ese recreo fue la de sacar ese ladrillo, misión que como no, conseguimos.

Menos mal que ningún profe nos vio, ya que nada de esto que contaré habría ocurrido. Ese día, encontramos un gran tesoro. Al sacar el ladrillo vimos cómo tras él una vieja carta y una foto de una chica se escondía. Rápidamente la cogimos y la guardamos. No queríamos que nadie la viera y se hiciera con ella, era nuestro tesoro y no se lo íbamos a contar a nadie, ni siquiera a nuestros padres.

Yo, como fui el que vio el ladrillo suelto, me la guardé ya que la sirena de fin de recreo sonó en ese momento. LA escondí en mi pupitre y durante varios días fue nuestra diversión.  Se acercaba la navidad y con la excusa de ensayar la función, nos quedábamos en la clase, sacábamos la carta y la intentábamos descifrar. Éramos pequeños y aquella letra en lápiz borroso era algo difícil de entender para nosotros.

Pero entendimos varias cosas, la escribía una mujer, y se la escribía a quien parecía ser su novio porque hablaba de cosas de “amor” y “besos”, también entendimos que la mujer estaba enferma, que tenía 19 años y que quería casarse con él. Que le echaba de menos desde el hospital.  También había escrito un nombre: Manuel Fajardo Vílchez y un pueblo: Atarfe.

En nuestra clase, este nuestro tesoro corrió como la pólvora. Cada vez más niños sabían de la carta y la foto, hasta que llegó a los oídos de uno de nuestros profesores. El profe Paco en uno de esos recreos que desde hacía días utilizábamos para descifrar lo escrito, se nos acercó y preguntó, y yo, como no sabía guardar un secreto, se lo conté todo.  Gracias a este hecho, y como no a él, la cosa se puso aún más interesante.

Nos propuso a toda la clase un reto, averiguar si seguía vivo este señor de Atarfe, Manuel Fajardo. La historia ya no solo quedó en clase, sino que todo el colegio conocía nuestro hallazgo, y claro, tantas mentes pensantes dieron con el susodicho señor, y ¡¡aún vivía!!

Resulta que era ya bastante mayor. Rondaba los 93 y vivía en una residencia de ancianos.

Una comitiva del colegio fuimos a visitarlo para mostrarle y darle nuestro hallazgo. Como no, en ella estaba el director, varios profesores y nosotros como los tres niños descubridores. Al llegar a la residencia, sus cuidadoras nos mostraron donde andaba sentado. según ellas siempre a la sombra de un pino que había en el jardín. Nos sentamos con él, y le contamos todo. sus lágrimas empezaron a brotar, nosotros creímos que no habíamos hecho bien en dársela, pero era todo lo contrario.

Nos contó que era su novia. Que cogió la tuberculosis en la postguerra. Que estuvo ingresada en el pabellón femenino y que siempre que la visitaba se sentaban bajo los pinos del patio. Que por desgracia ella no superó la enfermedad y que por amor no pudo volver a “conocer” él a otra persona y por tanto vivió soltero. que aquella carta era el regalo más importante que había recibido nunca, porque ella siempre estuvo en su mente y que aquella navidad, iba a ser la más feliz que había pasado en muchos muchos años.

Hacía tiempo que vivía en el recuerdo, y su foto le volvió a traer la cara de ella ya olvidada por los años, la cara del Amor.

 

Saúl Meral Bernal

(En Homenaje al 25º Aniversario del CEIP Victoria Eugenia)

 

Sus queridos fantasmas

Empezó siendo uno, pero poco a poco, año a año, a Eva se le fue apareciendo cada vez más gente. Apariciones puntuales cargadas de gran emoción, incrementándose cada vez más con el tiempo, mes a mes, año a año. Al principio, el hecho de verlos le provocaba un miedo atroz, el miedo le invadía por todos los poros de su piel, pero esa sensación fue pasando poco a poco hasta acostumbrarse a ella, desaparecer, e incluso desearla en ocasiones.
Juan de Dios, su ex compañero de clase fue el primero siendo ella aún muy niña. Eva paseaba por la calle de la mano de sus padres, no alcanzaba a tener más de 12 años, de repente, al caminar por la Gran Vía vio la cara de Juande reflejada en un muchachito que andaba junto a su familia al cruzarse en su deambular. Fueron solo unos segundos, el muchacho la miró y ella sintió la presencia de su amigo estremeciendo esta su pequeño cuerpo. No pudo dormir bien esa noche pensando en él, algo le decía que Juande le había hecho una señal. Su pequeña edad no alcanzaba a entender esa sensación nunca percibida.
Después de Juande vinieron más, muchos más se “presentaban” por la calle, y conforme pasaban los años el número crecía, decreciendo las apariciones de los primeros y aumentando siempre en frecuencia los más recientes. Después de Juande vino Andrés, Jaime, Ramón, Carlitos, José Carlos, algunos familiares y ahora sus Antonios… comenzó a entender que el número crecería conforme pasara el tiempo… De esta máxima se dio cuenta ya a sus 17 años. Ley de vida.
La pauta era bien sencilla, cuando alguno de sus amigos por desgracia abandonaba este nuestro mundo, las primeras semanas e incluso meses, veía sus caras y gestos en gente puntualmente reflejada por la calle. Perfiles, maneras de andar, gestos… Eran décimas de segundo que le traían a la mente miles de recuerdos. Sensaciones que hacían que su corazón latiera profundamente, haciendo muchas veces que de sus ojos brotara alguna lagrima… y llegó la Navidad, y entendió que nunca más volvería a ser como las de antes.
Eva, habiendo alcanzado ya la edad de 23, pasaba por una de las etapas más duras hasta entonces en su corta vida. Su abuelo, su querido abuelo al que le unía un lazo muy especial había fallecido hacía pocos meses y aun se encontraba pasando el duelo. Le costaba salir de casa debido a la tristeza de esta perdida, sus familiares más cercanos le empujaban a salir y divertirse pero ella no se encontraba aun con fuerzas. Las obligaciones le hicieron salir, debía comprar los juguetes de sus sobrinas y esto lo debía hacer en persona. Se armó de valor, pisó la calle por primera vez en semanas y se dirigió al centro de su ciudad y allí lo vio. Lo vio en mil caras, era él, y se alegró, y se sobrepuso, y comprendió que a partir de entonces, cada vez que viera por las calles la figura del entrañable Papá Noel, con su pelo canoso y larga barba blanca, vería y recordaría las miles de vivencias que pasó con su abuelo… y por fin, después de meses… suspiró.
Saul Meral Bernal
 
 

Reyes Magos

La navidad se acercaba y mi pareja y yo por primera vez y empujados por la tan conocida crisis la íbamos a pasar en un país muy distinto al nuestro, y lo peor de todo, sin los nuestros.
En estas gélidas tierras, la navidad se palpa mucho antes que en España. Seguramente el frio y la nieve alimenten esa sensación que tenemos todos sobre la Natividad, pero para nosotros, lo que en muchas casas de nuestro país simboliza alegría y esperanza se tornaba tristeza y añoranza por la lejanía de los nuestros y lo nuestro.
Aquí, a las cuatro, la noche es casi cerrada y el frio es casi insoportable. Aun llevábamos poco tiempo en este norte casi polar y nuestras ropas “granadinas” no eran las adecuadas para este gélido clima. La gente bebe vino caliente con especias, y salvo algunos mercados navideños, las calles están desiertas a unas horas en la que en nuestra tierra el bullicio es palpable.
¡Ay! ¡Cuánto daríamos por pasarlo con los nuestros!
Las tardes en casa se hacían largas imaginando ambos que hacían nuestras familias mientras esperábamos la ansiada llamada española diaria. No pasábamos mucho tiempo al teléfono por el coste, pero lo suficiente para que tras ella, alguna lagrima callera.
Pero un día, algo interfirió en la cotidianidad. En el buzón encontramos carta, y tras esa carta muchas más. Hacía tiempo que no le dábamos tanta importancia a la palabra escrita por el puño. En la época de los Email, una simple carta que antaño era algo tan normal, se volvía perla en el mar. Cartas y Christmas de familiares y amigos nos daban una energía “mágica”.
Y tal como dicen, que antes de que un meteorito de cierta entidad caiga a la tierra es precedido por gran cantidad de polvo de estrellas, aquellas cartas antecedían al gran meteorito.
Un mágico día, al llegar a casa lo encontramos en la puerta. Siempre recordaré aquel día tan especial y único como el día en el que realmente constaté la existencia de los verdaderos Reyes Magos.
Allí, entorpeciéndonos el paso se encontraban dos grandes cajas inesperadas con matasello español. Desde luego, los Reyes son los padres y ellos no se habían olvidado de nosotros mandándonos gran cantidad de “tesoros”. Aquella navidad no faltó el jamón, mazapán ni turrón, ni un sinfín de detalles que nos la hicieron especial y mágica.Aun estando a miles de kilómetros, en aquellas fechas un poquito de Granada se encontraba en nuestra casa dándonos alegría y fuerza.
Desde luego que los Reyes Magos son los padres, y aquella Navidad nos dimos cuenta de verdad.
 
Nuria Díaz López
 
 
Share

Optimization WordPress Plugins & Solutions by W3 EDGE