Empezó siendo uno, pero poco a poco, año a año, a Eva se le fue apareciendo cada vez más gente. Apariciones puntuales cargadas de gran emoción, incrementándose cada vez más con el tiempo, mes a mes, año a año. Al principio, el hecho de verlos le provocaba un miedo atroz, el miedo le invadía por todos los poros de su piel, pero esa sensación fue pasando poco a poco hasta acostumbrarse a ella, desaparecer, e incluso desearla en ocasiones.

Juan de Dios, su ex compañero de clase fue el primero siendo ella aún muy niña. Eva paseaba por la calle de la mano de sus padres, no alcanzaba a tener más de 12 años, de repente, al caminar por la Gran Vía vio la cara de Juande reflejada en un muchachito que andaba junto a su familia al cruzarse en su deambular. Fueron solo unos segundos, el muchacho la miró y ella sintió la presencia de su amigo estremeciendo esta su pequeño cuerpo. No pudo dormir bien esa noche pensando en él, algo le decía que Juande le había hecho una señal. Su pequeña edad no alcanzaba a entender esa sensación nunca percibida.
Después de Juande vinieron más, muchos más se “presentaban” por la calle, y conforme pasaban los años el número crecía, decreciendo las apariciones de los primeros y aumentando siempre en frecuencia los más recientes.

Después de Juande vino Andrés, Jaime, Ramón, Carlitos, José Carlos, algunos familiares y ahora sus Antonios… comenzó a entender que el número crecería conforme pasara el tiempo… De esta máxima se dio cuenta ya a sus 17 años. Ley de vida.
La pauta era bien sencilla, cuando alguno de sus amigos por desgracia abandonaba este nuestro mundo, las primeras semanas e incluso meses, veía sus caras y gestos en gente puntualmente reflejada por la calle. Perfiles, maneras de andar, gestos… Eran décimas de segundo que le traían a la mente miles de recuerdos. Sensaciones que hacían que su corazón latiera profundamente, haciendo muchas veces que de sus ojos brotara alguna lagrima… y llegó la Navidad, y entendió que nunca más volvería a ser como las de antes.

Eva, habiendo alcanzado ya la edad de 23, pasaba por una de las etapas más duras hasta entonces en su corta vida. Su abuelo, su querido abuelo al que le unía un lazo muy especial había fallecido hacía pocos meses y aun se encontraba pasando el duelo. Le costaba salir de casa debido a la tristeza de esta perdida, sus familiares más cercanos le empujaban a salir y divertirse pero ella no se encontraba aun con fuerzas.
Las obligaciones le hicieron salir, debía comprar los juguetes de sus sobrinas y esto lo debía hacer en persona. Se armó de valor, pisó la calle por primera vez en semanas y se dirigió al centro de su ciudad y allí lo vio. Lo vio en mil caras, era él, y se alegró, y se sobrepuso, y comprendió que a partir de entonces, cada vez que viera por las calles la figura del entrañable Papá Noel, con su pelo canoso y larga barba blanca, vería y recordaría las miles de vivencias que pasó con su abuelo… y por fin, después de meses… suspiró.

Saul Meral

sus queridos fantasmas

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